Por: Víctor Ángel Cuello

La poesía ocupa un lugar particular entre las manifestaciones artísticas, porque tiene la capacidad de expresar, mediante la palabra, sentimientos, conflictos y preocupaciones que forman parte de la experiencia humana. No siempre se escribe para responder una pregunta o explicar un acontecimiento; a veces, el poema permite reconocer aquello que sentimos y que no habíamos conseguido expresar. En esa relación entre lenguaje, pensamiento y sensibilidad reside buena parte de su valor, especialmente en una época en la que la rapidez de las comunicaciones deja poco espacio para la lectura reposada y la reflexión.

Del 19 al 25 de octubre de 2026, Santo Domingo será escenario de la XV Semana Internacional de la Poesía, dedicada a honrar la memoria de Salomé Ureña, así como el centenario de Blanca Varela y Jaime Sabines. Organizada por la Fundación Espacios Culturales, con el apoyo de diferentes instituciones de educación superior, centros educativos preuniversitarios, centros culturales y entidades patrocinadoras, la jornada reunirá a poetas de diversas procedencias y ofrecerá un espacio para compartir obras, experiencias y concepciones distintas de la creación literaria.  El acto inaugural tendrá como espacio al emblemático Auditorio Manuel del Cabral de la Biblioteca Pedro Mir de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, UASD, el próximo lunes 19 de octubre, a partir de las 5:00 de la tarde y su celebración invita a examinar no solo la importancia de este encuentro, sino también el lugar que ocupa la poesía en nuestra vida cultural y en la formación de las nuevas generaciones.

Llegar a quince ediciones supone una trayectoria que merece reconocimiento. La organización de un evento literario de alcance internacional requiere constancia, relaciones de colaboración y un trabajo que muchas veces transcurre lejos de la atención pública. La Fundación Espacios Culturales, presidida por el poeta, intelectual y gestor cultural Mateo Morrison, Premio Nacional de Literatura 2010, ha contribuido a mantener esta convocatoria dentro de la programación cultural dominicana, favoreciendo el acercamiento entre escritores nacionales y extranjeros. Ese esfuerzo adquiere mayor importancia cuando se trata de una expresión artística que no siempre recibe la atención ni el respaldo que necesita para llegar a un público más amplio.

El encuentro entre poetas de distintas regiones permite conocer maneras diversas de interpretar la realidad. Aunque cada escritor parte de su propia historia, de las particularidades de su lengua y de las circunstancias de su país, hay asuntos que atraviesan las fronteras: el amor, la pérdida, la libertad, la injusticia, la memoria y las contradicciones de la condición humana. La lectura de esas voces nos permite descubrir semejanzas sin desconocer las diferencias. De ahí que la poesía también pueda contribuir al conocimiento de otras culturas y al respeto por las experiencias de quienes viven en sociedades distintas de la nuestra.

En un mundo donde persisten las guerras, la intolerancia y las desigualdades, la palabra poética conserva su capacidad de cuestionar la realidad. No le corresponde resolver los problemas que competen a los gobiernos, a las instituciones o a la sociedad organizada. Su aporte consiste, entre otras cosas, en poner en duda aquello que se acepta sin examen, dar expresión al sufrimiento y recordarnos que detrás de las cifras y los discursos públicos existen personas con historias, aspiraciones y derechos, por lo tanto, la poesía no cambia por sí sola las condiciones sociales, pero puede modificar nuestra manera de mirarlas y de relacionarnos con los demás.

También conviene detenerse en su valor educativo. En ocasiones, la enseñanza de la literatura se concentra demasiado en identificar recursos expresivos, memorizar conceptos o clasificar autores por períodos históricos. Esos conocimientos son necesarios, pero no agotan la experiencia de leer un poema, por consiguiente, la formación literaria debe ofrecer al estudiante la oportunidad de interpretar, formular preguntas, relacionar lo leído con su entorno y desarrollar un criterio propio. Cuando la poesía se trabaja de esa manera, deja de ser una obligación académica para convertirse en una experiencia que contribuye a la sensibilidad y al pensamiento.

La República Dominicana cuenta con una tradición poética que forma parte de su historia intelectual. La obra de Salomé Ureña y la de tantos escritores que han venido después dan testimonio de una literatura vinculada a las preocupaciones de su tiempo, a la identidad nacional y a las búsquedas personales de sus autores. Por esa razon, recibir a poetas internacionales también representa una oportunidad para dar a conocer nuestras letras y establecer relaciones con otras tradiciones. No obstante, la cultura dominicana no debe limitarse a recibir influencias; tiene también una voz propia que merece seguir difundiéndose y ser leída más allá de nuestras fronteras, como parte de un intercambio cultural recíproco.

En tal virtud, el alcance de una semana dedicada a la poesía no debería agotarse en sus jornadas. Las actividades de lectura, los recitales y las conversaciones entre escritores pueden despertar gran interés, pero ese acercamiento necesita continuidad. Las bibliotecas, las instituciones de educación superior, los centros educativos y los centros culturales tienen la posibilidad de prolongar sus efectos mediante círculos de lectura, publicaciones, encuentros con autores y programas dirigidos a los jóvenes. De igual modo, el respaldo de los sectores público y privado resulta sumamente necesario para que estas iniciativas puedan sostenerse y ampliar su alcance.

La XV Semana Internacional de la Poesía de Santo Domingo constituye una ocasión para reconocer el trabajo de quienes mantienen abierta una puerta a la creación literaria y al intercambio cultural. Su celebración nos recuerda que el desarrollo de un país no se mide únicamente por sus obras materiales o sus resultados económicos. También importa lo que una sociedad lee, las ideas que discute, el valor que concede a sus artistas y las oportunidades que ofrece a sus ciudadanos para acercarse a las distintas expresiones del pensamiento.

Leer poesía no exige estar de acuerdo con el autor ni encontrar respuestas definitivas en sus versos. Basta, en ocasiones, con que un poema nos obligue a detenernos, a mirar de nuevo una experiencia o a comprender mejor la preocupación de otra persona. Esa posibilidad, sencilla y profunda a la vez, explica por qué la poesía sigue teniendo un lugar en nuestras vidas. Celebrarla en Santo Domingo es también reconocer que la palabra escrita forma parte de nuestra educación, nuestra memoria cultural y nuestra manera de entender el mundo.

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